Cuando mística y compromiso social se unen, el resultado es fascinante. Simone Weil, la Virgen Roja según la llamaba despectivamente uno de sus profesores de filosofía, es una de las mentes más lúcidas del siglo XX y una de sus personalidades más extraordinarias. Filósofa y activista comprometida con los marginados, provocó encontradas reacciones entre sus contemporáneos.
Simone Weil nace en París el 3 de febrero de 1909. Sus padres, ambos de origen judío, la educan dentro de una amplia cultura humanista y agnóstica y en un ambiente familiar de afecto, apoyo y cuidado. Desde pequeña aprende con interés y pasión al tiempo que comienza a vivir atenta al dolor de los pobres y a la injusticia social. Pronto empieza a buscar cauces de acción para su innata compasión con los que sufren y a elaborar filosóficamente sus ideas animada por las enseñanzas de Alain. En la Sorbona coincide con Simone de Beauvoir, con quien confronta inquietudes. En esta época de estudiante, Simone comienza a sufrir terribles dolores de cabeza, un sufrimiento físico y moral que ya no la abandonará. 
Aprueba el examen para catedrática de instituto y empieza, en la ciudad de Puy, su periplo como profesora de filosofía. Para Simone, cultura y trabajo manual son ambos valores esenciales de la condición humana. Su disociación ha sido a lo largo de la historia causa del dominio de los que saben manejar las palabras sobre los que saben manejar las cosas. Por eso, además de las clases en el instituto, organiza cursos para los obreros (sobre Marx, economía, matemáticas…). Se pasa hasta altas horas de la noche preparando todas sus clases.
Escribe en numerosas publicaciones de signo sindicalista y revolucionario: alerta a los sindicatos del peligro de caer en el dogmatismo y la burocratización, y critica las diversas formas de poder, sean del Partido Comunista, del Estado colonial francés, de la Iglesia o de los mismos sindicatos. En esta época confía en una revolución que libere a las clases obreras de la opresión y el desprecio a que les someten tanto capitalistas como intelectuales, una revolución preparada y llevada a cabo por las organizaciones de profesionales. Por eso, aunque cercana ideológicamente al comunismo, desconfía de los partidos políticos y nunca se afiliará a ninguno; sí, en cambio, a diversos sindicatos.
La vehemencia con que se entrega a causas sociales y políticas contrasta con el abandono de las cuestiones más prácticas de la cotidianidad, y que atañen a su persona: Simone no duerme lo suficiente, no calienta las estancias, no come debidamente y entrega parte de su salario a los parados y a revistas del movimiento obrero. Su aspecto resulta además extravagante: fuma, viste con ropas amplias, gafas gruesas; como un hombre, le retraen continuamente.
El hombre está hecho de tal manera que quien aplasta no lo percibe, es el aplastado quien lo siente. Hasta el punto de que sólo estando junto a los oprimidos puede uno sentir con ellos, sólo junto a ellos puede uno darse cuenta de la opresión que sufren. Trabajando en la fábrica, Simone pretende experimentar en sí misma la opresión a que están sometidos los obreros, y descubrir qué cambios en la organización de las empresas son necesarios para que el trabajador participe humanamente en el proceso. Durante un año trabaja en una cadena de montaje y experimenta vacío, agotamiento, humillación y hambre. El nivel de producción determina el salario y la conservación del empleo. Es despedida. Sus experiencias y conclusiones quedan recogidas en Ensayos sobre la condición obrera (Nova Terra). Constata que los factores principales de la opresión industrial son la velocidad con que se obliga a producir y las órdenes humillantes. Está también el sometimiento del trabajador a la máquina y, sobre todo, el terrible hecho de que el obrero no decide nada, no cuenta para nada y, demasiado cansado como para pensar, pierde el sentimiento de su propia dignidad y renuncia a cualquier transformación.
La conciencia del dolor
El año en la fábrica será decisivo para su trayectoria; y sus consecuencias, inesperadas. La experiencia de la infelicidad ha penetrado en ella. En una carta al padre Perrin, confiesa: Cuando entré en la fábrica (…) la desgracia de los demás penetró en mi carne y en mi alma. Nada me separaba de ella, puesto que realmente había olvidado mi pasado y no esperaba ningún futuro, ya que difícilmente podía imaginar la posibilidad de sobrevivir a esas fatigas. Lo que he sufrido allí me ha marcado de una forma tan duradera, que aún hoy, cuando un ser humano, sea el que fuere y en cualquier circunstancia, me habla sin brutalidad, tengo la impresión, y no puedo remediarlo, de que hay un error y de que, desgraciadamente, ese error no tardará en disiparse. Allí he sido marcada, y para siempre, con la impronta de la esclavitud (…). Desde entonces siempre me he visto como una esclava.
Otra experiencia añadirá pesimismo a su nueva visión del mundo. Cuando estalla la guerra civil española, Simone se alista en Barcelona como periodista voluntaria en el bando republicano y participa en el frente de Aragón junto a la columna de Durruti. Aprende a utilizar el fusil; nunca dispara pero descubre cuán fácil es matar en una guerra y cómo se traicionan los propios ideales. Una quemadura en el pie la obliga a volver a Francia. Sus convicciones pacifistas se refuerzan.
A partir de este momento, y aunque se reincorpora a la enseñanza, su precaria salud física y los fortísimos dolores de cabeza la obligarán a pedir continuas excedencias. Su destino se precipita. En Asís y en Solesmes, asistiendo a los oficios religiosos, Simone penetra en el misterio de Cristo: Tenía -escribe- unos dolores de cabeza fortísimos; cada sonido me dolía como un golpe; pero un extremo esfuerzo de atención me permitía salir de esta miserable carne, dejarla que sufriera sola, acurrucada en su rincón, y encontrar una alegría interior pura y perfecta en la inaudita belleza del canto y las palabras. Una experiencia que me permitió por analogía amar el amor divino a través de la desgracia.
Con la entrada de las tropas alemanas en París en 1940, Simone parte para Marsella. Ante las nuevas circunstancias y a pesar de sus inclinaciones pacifistas, decide que la primera de sus obligaciones es ahora intentar la destrucción de Hitler. Colabora con grupos de la resistencia, y elabora proyectos que la sitúen con los que sufren, en primera línea de fuego. Escribe también en revistas como Cahiers du Sud y Témoniage Chrétiene. Nadie, sin embargo, parece darse cuenta de la profunda transformación interior que está viviendo y que alimenta con lecturas de textos religiosos y conversaciones con sacerdotes. En La fuente griega. Intuiciones precristianas (Sudamericana) elabora sus ideas: hay una línea de pensamiento que conecta diversas tradiciones literarias, filosóficas y religiosas y que ha sabido buscar el bien desconfiando de la fuerza y el prestigio, una sabiduría que enseña a no admirar nunca la fuerza, a no odiar a los enemigos y a no despreciar a los desgraciados. Aunque Simone se sabe en Cristo y desea ser bautizada, la fidelidad a la verdad que se expresa en estas tradiciones y su voluntad de estar siempre con los más desheredados le impiden entrar a formar parte de la Iglesia católica.
Simone abandona Marsella con sus padres. Con la esperanza de volver a la Francia ocupada, viaja de Casablanca a Nueva York y finalmente, ya sola, a Londres. Allí, los servicios de la Francia libre la destinan a ejercer tareas burocráticas y Simone no logra que De Gaulle tenga en cuenta sus ofrecimientos para una misión arriesgada -está loca, comenta el general-. El dolor de estar en la retaguardia y no poder compartir con los que sufren se le hace ya insoportable. Se impone compartir su hambre. La compasión la consume. Escribe Echar raíces (Trotta), donde habla de las necesidades humanas y las obligaciones hacia el prójimo que de ellas se desprenden. Pero nada tiene y todo se exige. Le diagnostican una tuberculosis. Está agotada y come cada vez menos. En este estado de debilidad, no puede o no quiere ya vencer su enfermedad y muere el 24 de agosto de 1943.
En estos tres últimos años de espera, compasión y desarraigo, se ha vaciado en sus escritos. La belleza de obras como A la espera de Dios o La gravedad y la gracia (ambas en Trotta) es sobrecogedora. Ahora, también Trotta acaba de publicar Escritos de Londres y últimas cartas. Simone sigue actuando, transformando a quien la lee.
La Vanguardia, 16-03-01.
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